HISTORIA DE LA VACA Y SU INFLUENCIA EN LA MEDICINA ROMANA Y GRIEGA SEGÚN PLINIO

 Estudio de Carlos Azcoytia
Febrero 2009

                                    

Del militar, científico naturalista y escritor Cayo Plinio Cecilio Segundo, más conocido como Plinio el Viejo, tenemos en nuestra revista varios trabajos, los cuales ya se pueden considerar un monográfico sobre la vida, la alimentación y la salud en la Roma del siglo I de nuestra Era y de todo su imperio y casi podría decirse que de todo el mundo conocido hasta entonces por los europeos. La peculiar forma de entender la naturaleza de los romanos nos lleva a comprender mejor toda una época histórica y también las secuelas culturales que dejaron en las creencias populares o las supercherías que han llegado hasta nuestros días, porque cuando se profundiza en los clásicos nos damos cuenta que lo que normalmente leemos por ahí son estereotipos que nada tienen que ver con la realidad de un pueblo del que heredamos su cultura y también sus miserias y que distaba mucho de las extravagancias con la que los ricos como Apicio o los literatos, disfrazando la realidad cotidiana del romano medio, nos han dejado engañosamente entrever.

Dentro del gran monográfico que estamos haciendo sobre la historia del ganado vacuno me he permitido el hacer un inciso para que el lector sepa que la medicina no utilizó a este animal por primera vez cuando se inventó la vacuna en el siglo XIX, sino que tanto su carne como sus derivados ya eran utilizados en medicina hace más de dos mil años.

Si está interesado puede conocer la historia de la sexualidad romana, la historia de las gallináceas o la historia del cerdo, entre otros trabajos de Plinio que figuran en su libro titulado 'Historia Natural' y que desvelamos en Historia de la Cocina.

Ahora sorpréndase de la medicina y la farmacopea naturalista, basada en la la observación y en la superchería, de una Roma decadente que estaba, en aquella época, a la cabeza de los adelantos tecnológico, filosóficos y de todo tipo.

Para comenzar que mejor que transcribir lo que cuenta en el libro XI, 226 de su Historia Natural, una muy especial forma de saber sobre la inteligencia y la forma de medirla que hoy puede dejar perplejo a cualquiera, porque centra esta virtud en el grosor de la piel de la siguiente forma: “Hay quienes opinan que la finura del espíritu no depende de la densidad de la sangre, sino que los animales son más o menos brutos según el tipo de piel o de cubierta del cuerpo, como las ostras y las tortugas. El cuerpo de los bueyes y las cerdas del ganado porcino son un obstáculo al tenue aliento vital que los penetran e impiden que pase puro y cristalino; así también sucede con el hombre cuando una piel gruesa y callosa lo excluye”, para terminar con otra sorpresa del razonamiento romano sobre la naturaleza y su visión del mundo animal que le rodeaba cuando dice: “¡Como si no se le atribuyera a los cocodrilos dureza de piel y a la vez astucia!”.

Dentro de las aplicaciones en medicina de las vacas y sus derivados es interesante leer a Plinio cuando nos dice que la leche de vaca anula todos los venenos, también lo dice Dioscórides (Pedanio Dioscórides Anazarbeo, galeno y botánico griego nacido en Alicia, Asia Menor que vivió entre los años 40-90 d.C.). Igualmente dice que anula los venenos de la llamada liebre marina y de las flechas, incluso si se ha hecho tragar efémero (en castellano llamado Lirio hediondo, que es un cólquico que se utiliza actualmente en medicina contra la hidropesía y el reuma) o si se han administrado cantáridas, de las que he hablado en varios estudios, porque son expulsadas por vómitos. Contra los venenos que matan por ulceración, comenta que, ayuda el sebo de ternera o de buey. Contra la ingestión de sanguijuelas aconseja tomar mantequilla con vinagre calentado con un hierro. El jugo de las tripas de buey y el sebo de ternera anula los venenos antes mencionados igualmente.

En su libro XXVIII, 166 encontré algo que puede dar risa y que transcribo: “Calma el dolor de cabeza beber agua que ha quedado después de beber un buey o un burro”.

Contra las epíforas, enfermedad que consiste en lagrimeo copioso que aparecen en los ojos, aconseja aplicar, en linimento, sebo de buey cocido con aceite.

Siguiendo con el mismo libro, en su párrafo 168, nos dice que la médula de buey procedente de la pata anterior derecha, machacada con hollín, es una solución para las cejas, los males de los párpados y de los ángulos de los ojos, aclara que el hollín debe de prepararse a modo de sombra de ojos y nos lo explica: “Lo mejor es limpiar con plumas sobre un recipiente nuevo de hollín producido por la mecha de papiro y aceite de sésamo”, para continuar, ya en plan cosmético, indicando que suprime muy eficazmente los pelos allí donde han sido arrancados, para continuar explicando que con hiel de toro mezclada con clara de huevo se hace colirios y, disueltos en agua, se aplican en ungüento durante cuatro días.

Para aliviar el dolor de oídos, y sus enfermedades, la orina de buey conservada y mezclada con aceite de cidro. Pero para las orejas rotas, atentos, se hace una cola de genitales de terneros y se disuelve en agua, hasta ese momento la cirugía no estaba en su mejor forma. Y ya lo excelente, para la sordera era la hiel de buey con orina de cabra, hembra o macho, incluso si había pus, añadiendo que para cualquier empleo piensan que son más eficaces estos remedios ahumados durante veinte días en un cuerno de cabra.

Ya en el terreno de la estomatología Plinio, en su párrafo 179, dice que la taba del buey, hueso del tarso, que ha sido puesta al fuego consolida los dientes que se mueven y duelen y que la ceniza del mismo mezclada con mirra es un magnífico dentífrico.

Para la dermatología tenía ‘un remedio infalible’ para quitar las manchas rojizas y las que decoloran la piel, las cuales se anulaban con una mezcla de excremento de ternera con aceite y goma (una secreción de las acacias), todo removido a mano. Para las ulceraciones y grietas de la boca nos da el siguiente remedio: “…las quita el sebo de ternera o de buey con grasa de ganso y jugo de albahaca. Hay también otra mezcla: machacar a la vez sebo de ternera con médula de ciervo y hojas de espino blanco. Para el mismo problema sirve también la médula con resina, incluso si es de vaca, y el jugo de la carne de vaca”.

En otorrinolaringología la leche de vaca recién ordeñada o calentada era buena, haciendo gárgaras con ella, para las amígdalas o para las ulceraciones de la tráquea; así mismo recomienda jugo de tripas de buey para conseguir el mismo efecto. Pero si tenía escrófulas, tumefacción de los ganglios linfáticos que comúnmente viene acompaña de cansancio y predispone a enfermedades infeccionas como puede ser la tuberculosis, aconseja aplicar en linimento hiel de jabalí o de buey templada. Si el enfermo presentaba un dolor y rigidez en la nuca lo ideal era dar unas friegas con sebo de buey.

Las uñas encarnadas se podían curar con la hiel de toro seca disuelta en agua caliente, pudiendo añadir, si se deseaba una cura efectiva, sulfuro y alumbre, todo en dosis iguales.

Para curar la tos el remedio era hígado de lobo en vino templado, con hiel de oso mezclada con miel, con ceniza de la parte superior del cuerno de buey o con saliva de caballo bebida durante tres días, remedios éstos de los romanos que nos hacen pensar que no fueron buenos tiempos para la medicina y mucho peores para los enfermos.

Si lee o leyó ya el estudio de este monográfico titulado 'Claudio Eliano, una particular forma de escribir la historia de los bóvidos' encontrará una discusión en torno a la tisis que padeció un tal Sérapis, pues bien, aquí Plinio da la razón a una de las partes cuando dice: "Si se expectora sangre, dicen que es eficaz la sangre de buey tomada moderadamente y con vinagre. Pues confiar en la de toro es temerario; pero la cola de toro en dosis de tres óbolos se bebe con agua caliente en la expectoración crónica de sangre".

Para los dolores de bazo el remedio que nos da no es mucho mejor que los anteriores, ya que la fórmula que ofrece, basada en otra de Cecilio Bión, sabio que sólo aparece en los libros de Plinio, que constaba de bazo de buey en conserva introducida en vino, pero si era fresco se debía tomar asado o cocido como alimento, para continuar diciendo: "También en la vejiga de un buey se aplican en cataplasma veinte cabezas de ajo, machacadas con un sextario de vinagre, para los dolores de bazo".

Para los celíacos ofrece remedios para calmar el mal con hígado de vaca, un pellizco de ceniza de cuerno de ciervo en el agua de beber, remedio que también da Dioscórides, para continuar diciendo que cuentan que también el jugo de vaca se administraba corrientemente entre los remedios de celiacos y disentéricos, así como beber leche de vaca cocida, añadiendo que para los últimos mencionados era mejor añadir un poco de miel y si había cólico entonces debía aplicarse en el ombligo ceniza de cuerno de ciervo o hiel de toro mezclada con comino y carne de calabaza. Sigue contando: "El queso fresco de vaca se introduce en lavativa para ambos males, también la mantequilla en dosis de cuatro heminas con un sextante de trementina (látex que desprende el terebinto)".

Para aquellos que tuvieran serpigo en los órganos genitales (llagas que cicatrizan por un extremos y se extiende por el otro) dice que se cura con excremento de cabra mezclada con hiel de buey, amasada con alumbre egipcio y mirra hasta tener la consistencia de la miel; termina con otra receta para curar las úlceras que supuran ofreciendo el remedio de aplicar sebo cocido con médula de ternera en vino y para los abscesos y apostemas recomienda sangre de toro seca y machacada.

El remedio para la gota es singularmente raro porque dice que se cura, entre otras cosas, con excremento de buey con hez de vinagre y "del de la ternera que aún no ha probado la hierba".

Para las quemaduras producidas por el sol ofrece una fórmula que podría tener vigencia hoy en día y que consiste en aplicar sobre ella sebo de buey con aceite de rosas.

También en psiquiatría podía utilizarse los productos derivados del ganado vacuno, ya que en su libro XVIII, 230 dice que para curar la melancolía lo ideal era tomar excremento de ternera cocida en vino.

Para la hidropesía (derrame o acumulación de líquido seroso) ofrece lo siguiente: "les alivia la orina de vejiga de jabalí administrada poco a poco en la bebida, más eficaz la que se ha secado junto con su vejiga; la ceniza de excremento, sobre todo de toro, pero también de buey que llaman bolbiton (fórmula que pertenece a Paulo Festo), tres cucharadas en una amina de vino melado, de vaca para las mujeres, del otro sexo para el hombre, cosa que los magos han ocultado como un misterio según dice; el excremento de toro en linimento; la ceniza de excremento de ternera con semilla de zanahoria en la misma cantidad de vino.

Para las luxaciones hace referencia a un remedio que hasta hace muy poco se aplicaba y que en muchos comics, de no hace mucho, salía y que consistía en poner un chuletón de buey sobre la parte afectada a modo de cataplasma.

Al final del párrafo 242 del libro que tratamos nos dice que la carne de ternera no deja que las heridas recientes se inflamen y tampoco el excremento de buey con miel y siguiendo con el excremento de buey decir que también lo aconseja, en sahumerio, para curar el prolapso de matriz (esto mismo lo aconseja también Dioscórides en Euporista 2, 71), facilita los partos y ayuda la concepción el beber leche de vaca. Contra el prolapso de matriz (caía de este órgano) también da el remedio de inyectar en ella mantequilla y para las matrices endurecidas indica que se abre con hiel de buey con aceite de rosas, después de aplicar por fuera un vellón con trementina.

Curioso remedio aplica para que la mujer se hastíe de los placeres amorosos y que consistía en frotar la zona lumbar  con sangre de una garrapata procedente de un buey negro salvaje, pero si se deseaba lo contrario, es decir, que la mujer tuviera muchos deseos, lo mejor era hacerle beber la orina de un macho cabrío, eso sí, con nardo para evitar la repugnancia, que no es bueno hacer el amor con una mujer si tiene nauseas.

Terminamos con el contenido del párrafo 259 se su libro XXVIII que nos dice lo siguiente: "El bazo de buey en miel se administra tanto oralmente como en linimento para los dolores de bazo; el bazo de ternera con miel calma las úlceras que supuran: cocido con vino, machacado y aplicado en linimento, calman las ulcerillas de la boca".

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